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PONIENTE
Estaba solo en medio de la gran llanura. El sol se ponía por
poniente y una brisilla le daba de lleno en la cara. Estaba erguido,
el pelo revuelto, la cabeza levantada y la mirada desafiante. Tenía
una hermosa madurez y se sentía capaz de retar a cualquiera de los
jovencitos descarados que pululaban por la finca.
Este era él. Y le gustaba pensar en ello en momentos como ese:
mirando hacia el horizonte y sintiéndose solo y libre.
Nunca había querido tener pareja, ni descendientes. Eso si lo echaba
de menos, a veces. Pero su trabajo durante años al servicio de
aquella familia, le había llenado por completo. Y eso que no le
habían faltado oportunidades. Incluso se enamoró una vez.
Ah, el amor! Aquella hembra le volvió loco. Le hizo sentir como
nunca antes lo había hecho y la echaba de menos. Echaba de menos sus
ojos dulces a la par que inteligentes y su mirada tranquila y
soñadora. Ella le había enseñado a soñar a él también.
Se habían sentido libres en aquellos parajes cuando salían a
recorrerlos juntos, al atardecer, como ahora, y se imaginaban que
estaban solos en el mundo y que éste era solo de ellos.
Pero de los sueños se despierta y él tuvo que hacerlo. La quería. La
quería mucho y la dejó. La dejó sin tristeza, agradecido por el
tiempo pasado juntos, y por todas las vivencias que sintió junto a
ella y que nunca olvidaría Pero lo cierto era que cuando pensaba en
su trabajo, en sus responsabilidades en la finca y con sus
habitantes, se transfiguraba, se sentía único y especial y sabía que
nadie iba a cuidar de ellos como lo hacía él. Era un sentimiento
puro, sin matices y totalmente desinteresado. Le brotaba de lo más
profundo de su ser y formaba parte de él igual que su código
genético.
Y se sentía querido, necesario e imprescindible. Todos confiaban en
él y lo hacían porque él estaba siempre vigilante, no necesitaba que
le dijeran nada, jamás nadie le había tenido que dar una orden: él
se adelantaba a los deseos de los demás y los cumplía a la
perfección.
Llegó muy joven a aquella casa y desde el primer momento no
necesitó, ni quiso, a nadie con quién compartir los trabajos
encomendados.
En seguida se sintió uno más y se lo demostraban constantemente, no
con halagos ni regalos, sino con el respeto y el reconocimiento de
su valía. Los hijos, que sentía como suyos, habían crecido casi a la
par que él y los largos paseos que daba con ellos se habían
convertido en necesarios y placenteros.
A la hora de los juegos no disfrutaban con nadie como con él y le
preferían a esa corte de amiguitos que casi siempre venían a la casa
buscando, sobre todo, el chocolate con bizcocho que la señora les
preparaba.....
Le gustaba hacerse toda esta serie de reflexiones y no era la
primera vez que escogía aquella hora mágica. No era ni totalmente de
día ni totalmente de noche; los colores del cielo se volvían
indescriptibles por la rapidez con la que cambiaban, y estaba a
solas pero no se sentía solo: el sol, el viento, los árboles...le
hacían compañía y eso era lo que quería y necesitaba en momentos
como ese.
A sus espaldas estaba la casa llena de gente y de vida, y aún en las
tardes más frías de invierno, se la adivinaba cálida y acogedora
pues siempre se oía un fragmento de música, o una conversación, o
unas risas, incluso alguna que otra discusión, y, por encima de todo
ello, el olor a comida, café o algún resto calentándose en el
microondas, como solo ocurre en casas que se transforman en hogares
y cuya banda sonora suele ser el ruido del lavaplatos o de la
lavadora. Todo ello llegaba a sus oídos fundido, mezclado y como
pasado por un tamiz, como llega a los oídos del músico la melodía
que ensaya en casa con sordina para no molestar a sus vecinos.
La situación de la finca, a su entender, era privilegiada: ni estaba
aislada en medio de ninguna parte, ni inmersa en el bullicio de la
ciudad. Había una carretera que servía de unión entre ambas y por la
que circulaban los coches suficientes para evitar la sensación de
aislamiento y desprotección, pero, a la vez, el tráfico era tan
sumamente fluído que uno llegaba a olvidarse de que existía.
Eso le gustaba. Le gustaba mucho.
A veces, cuando su trabajo le obligaba a acercarse a las lindes de
la finca, esas que estaban próximas a la carretera, solo tenía que
volverse de espalda e ignorar que el asfalto estaba tan cerca.
Intuía, no, sabía lo que podían pensar los que por allí pasaran y le
vieran: “¡Pobre, qué solo y aislado está!” Nada más lejos de la
realidad.
Era así como quería vivir y era feliz de esta manera. En cierto
modo, lo había decidido él y podía disfrutar de compañía y soledad
según le viniera en gana. Tenía absoluta libertad para ello y la
familia para la que trabajaba y de la que se sentía una parte tan
importante, siempre le respaldaría Además, tenía muchos amigos en
circunstancias parecidas a la suya en fincas colindantes y con los
cuales se reunía de tanto en tanto con el único propósito de
compartir sensaciones, casi siempre a la caída de la tarde y ante
ese espectáculo de luces y sombras que se sucedían tan rápidamente
que parecía como si tuvieran vida propia. Luego, cuando ya la noche
se había definido, cada uno volvía a su casa con el empaque y
sosiego que da el pensar cuál es la misión que la vida les había
brindado: la protección y el cuidado de los que tenían alrededor en
su pequeño mundo, ese mundo que también ellos habían ayudado a
crear.
Era consciente de que alguna vez tendría que empezar a pensar en un
sucesor que le sustituyera, un sucesor al que transmitirle todo lo
que él sabía y, sobre todo, un sucesor que fuera capaz de intuir
necesidades, sensaciones, responsabilidades...Intuir. Esa era la
palabra pues hay cosas que son imposibles de enseñar, imposibles de
aprender, tienen que estar contigo desde siempre y hasta siempre:
desde que naces hasta que mueres.
¿Sería capaz de dar con alguien que sintiera así? ¿Que supiera que
su misión en la vida iba a ser esa? Y, sobre todo, ¿que escogiera
este camino libremente? Seguro que sí. Quizás no en esa colección de
jóvenes que ya andaba por la finca haciendo alguna que otra tarea y
retozando la mayor parte del tiempo, amparados en la benevolencia de
los dueños, pero sabía que cuando menos se lo esperara surgiría el
adecuado.
Pero para eso aún quedaba mucho....Tanto....Quería pensarlo así,
sobre todo en momentos como ese en los que se sentía fuerte, capaz,
con sus facultades físicas intactas y con tiempo para prepararlo
todo tal y como los señores y su familia se merecían.
Volvió a mirar a lo lejos con los ojos entornados. El sol ya se
había convertido en un leve resplandor morado que amenazaba con
volverse negro. Era la hora. Ya tenía que salir de su pequeño mundo,
de esa soledad escogida para integrarse con los demás, para con solo
una mirada controlarlo todo y disponerse a descansar con la
tranquilidad que da el deber cumplido sin que sea impuesto; el
querer y ser querido....Así era como se sentía y como sabía que se
sentían los demás con respecto a él; y así era como quería seguir
sintiendo el resto de sus días.
¡Ahh, qué paz en el entorno y qué paz de espíritu!
Se desperezó, sacudió la cola y movió las patas, y con un ágil
movimiento de cabeza en el que las crines volvieron a su sitio
emprendió al trote el regreso a la casa.
Loli Lara - (La niña del Parque
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